El conductor llevaba veinte minutos hablando de un Buda de esmeralda "muy especial, solo hoy abierto". Cuando llegamos era una sastrería.
Llevaba dos días en Bangkok y aún no había visto el Buda de Esmeralda. Era mi prioridad del día. En la puerta del hostal me abordó un conductor de tuk-tuk con una sonrisa que en retrospectiva tenía demasiados dientes.
Me explicó que el templo estaba "casi cerrado hoy" —festival especial, solo en esta época del año— pero que había una pagoda alternativa "más auténtica, menos turistas, muy cerca". Subí. Durante el trayecto mencionó que un primo suyo tenía una sastrería con trajes "muy baratos, calidad Bangkok". Cada vez que yo señalaba en el mapa, él asentía y giraba en dirección opuesta.
Llegamos a una sastrería. Grande. Climatizada. Con el nombre del tuk-tuk pintado en la puerta. Me ofrecieron un traje de lino por ciento veinte dólares y zumo de frutas gratis. Acepté el zumo, rechacé el traje y tardé cuarenta minutos en encontrar otro tuk-tuk de vuelta. El Buda de Esmeralda lo vi al día siguiente. Era mucho más pequeño de lo que esperaba.
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