En menos de tres segundos el mono ya tenía mis gafas puestas y me miraba desde lo alto de la muralla como si fuera él el turista.
El templo de Uluwatu, en el sur de Bali, aparece en todas las guías con una advertencia: cuidado con los monos. La leí. La procesé. Decidí que a mí no me iba a pasar nada porque yo estaba atento.
Llevaba diez minutos dentro del recinto, con las gafas de sol puestas y la mochila bien cerrada, sintiéndome un viajero experimentado. Me agaché a sacar el móvil para hacer una foto. Ese fue el momento. Un mono de tamaño mediano, con una eficiencia que solo se adquiere con años de práctica, me quitó las gafas en menos de tres segundos. No hubo forcejeo. Fue quirúrgico.
Me miró desde lo alto de la muralla con las gafas puestas. Las llevaba mejor que yo. Un guarda local se acercó con un plátano y las recuperó en el intercambio. El mono se quedó con el plátano. Las gafas costaron doce euros en el aeropuerto de vuelta. El plátano, cincuenta céntimos.
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